Supongamos que alguien, aburrido después de largas horas de trabajo, decide entretenerse con su ordenador programando una pequeña simulación. Utilizando cualquier lenguaje de programación al uso, define unos objetos que representan, por ejemplo, planetas y un sol. A cada uno le asigna una masa, un volumen, y lo coloca en una posición determinada de un espacio virtual. A continuación escribe unas cuantas líneas de código para que cada cuerpo ejerza una fuerza sobre los demás de acuerdo con la Ley de Gravitación Universal de Newton, y que los planetas adquieran velocidades y aceleraciones de acuerdo con sus masas y las fuerzas que se ejerzan sobre ellos. Al ejecutar el programa, los planetas empezarán a moverse a través del espacio de manera realista, de acuerdo con las leyes de Kepler que se derivan de la citada ley de Newton. Es lógico: si introducimos en un computador las leyes físicas que gobiernan un sistema, podemos hacer que nuestra simulación se comporte como el propio sistema.
Pero supongamos ahora que esa persona no se conforma con simular el comportamiento de los planetas a gran escala: en lugar de eso, introduce en un programa todas las leyes físicas que gobiernan nuestro Universo, incluso las que condicionan las interacciones entre las partículas más elementales, los componentes más pequeños de nuestro mundo. Obviamente esto no se puede hacer a día de hoy, y acaso no se pueda hacer nunca: ni sabemos suficiente física para entender totalmente el universo, ni tenemos computadores lo suficientemente potentes como para ejecutar una simulación así. Pero si tuviésemos los conocimientos y los recursos para hacerlo, y suponiendo una visión del mundo puramente materialista y mecanicista (es decir, donde no hay más que materia y energía, todo se rige por leyes físicas, y no hay fenómenos como almas o consciencias inmateriales); la simulación del universo se comportaría igual que el universo mismo. Cada pelo de la nariz de cada lector de esta bitácora estaría ahí, representado hasta el último detalle, y comportándose de la misma manera que en la supuesta vida real.
Supuesta vida real, he ahí el meollo del asunto: dada la posibilidad de simular universos, ¿qué garantías tenemos de que el propio mundo en que nos movemos, que llamamos realidad, no es realmente una simulación? Por lo que yo sé, si damos por hecho que todo lo que existe se rige por leyes físicas, no tenemos modo alguno de saberlo. Si todo lo que hace falta para que existan seres conscientes es que una miríada de partículas se muevan y choquen de una determinada manera, de modo que se generen los complejos fenómenos que llamamos “vida” e “inteligencia”, parece claro que esos fenómenos se van a dar del mismo modo con partículas reales que en una simulación de las partículas. Y los seres de la simulación tendrían sentidos que percibirían exactamente igual que los de un ser real, permitiéndoles conocer sólo el mundo simulado, con lo cual no podrían enterarse nunca de la naturaleza real de su universo. En realidad esto no es más que un caso particular de una reflexión que ya hacía Kant hace más de dos siglos, en su “Crítica de la Razón Pura”: podemos obtener conocimiento de las cosas tal y como las percibimos; pero no podemos saber nada de cómo es “la cosa en sí” (Ding an sich). La hipótesis de que vivamos en una simulación es un bonito ejemplo de cómo “la cosa en sí” podría ser algo mucho más complejo de lo que nos imaginamos. Por supuesto, todo esto no debería afectarnos directamente: aunque el universo en que vivimos fuese una simulación, para nosotros, seres simulados, seguiría siendo la realidad a todos los efectos.
Algunos argumentos que se pueden dar para intentar desmentir que vivamos en una simulación son los siguientes:
Argumento 1: Es imposible crear un computador lo suficientemente potente para simular todo el Universo. Démonos cuenta de que, si queremos simular todas las partículas del Universo, necesitaremos tener una representación en memoria del estado de cada partícula. Esa representación en memoria tiene que tener algún sustrato físico (llamémoslo unidad de memoria), así que necesitaríamos tener tantas unidades de memoria físicas como partículas haya en el universo… cosa obviamente imposible, ya que dichas unidades tendrían que componerse de al menos una partícula.
Contraargumento: Lo único que intenta dejar claro ese argumento es que desde nuestro universo sería imposible simular otro universo del mismo tamaño. Pero podríamos simular un universo más pequeño sin problemas. Sigue siendo posible que nuestro universo sea una simulación, y que los seres que han programado la simulación vivan en otro universo más grande donde sí que pueda haber recursos computacionales para hacer la simulación. De hecho, nótese que el universo donde viven los Programadores ni siquiera tiene por qué seguir las mismas leyes que el nuestro (se puede hacer una simulación de un universo hipotético inventándose unas leyes físicas nuevas).
Argumento 2: ¿Por qué iba a querer alguien ejecutar una simulación así?
Contraargumento: ¿Y por qué no? Estamos hablando de unos hipotéticos seres que no tienen por qué ser humanos. Son seres que viven en otro plano de realidad y que pueden tener motivaciones diferentes a las nuestras, así que asignarles motivaciones humanas, y pensar que considerarían inútil simular un universo sólo porque a nosotros nos lo parece, es caer en un antropocentrismo injustificado. En todo caso, incluso desde una perspectiva antropocéntrica se puede entender por qué ejecutar una simulación así: podría ser parte de una investigación científica, por ejemplo para comprender el propio universo, o para ver cómo funcionaría un mundo con unas determinadas leyes. Se hacen simulaciones a pequeña escala constantemente, y si no las hacemos más detalladas es más por falta de tecnología que de motivación.
Argumento 3: Si estamos en una simulación, ¿cómo es que no nos hemos dado cuenta?
Contraargumento: Porque no hay ningún motivo para que nos podamos dar cuenta. Si nosotros creásemos una simulación de un universo en miniatura, los seres que lo habitaran se verían afectados por las leyes que hubiésemos programado para ese universo, y nunca verían nada que las contradijese. ¿Cómo iban a darse cuenta, pues? Se podría argumentar que los programas de ordenador no suelen ser perfectos, y que podrían darse cuenta descubriendo algún “bug” o fallo de programación. Pero esto es caer de nuevo en el antropocentrismo: nosotros somos unas criaturas muy limitadas y cometemos fallos al programar; pero los Programadores de la simulación en que vivimos pueden ser otro tipo de seres mucho más avanzados, con mayor memoria y capacidad mental, y que no cometan tales fallos.
Y aún hay más: incluso si los cometiesen, un bug en el programa del universo podría tener dos consecuencias: o bien que el programa fallase, y el universo dejase directamente de funcionar, o bien que siguiese funcionando, pero comportándose de manera diferente a como querían los programadores. En el primer caso, al producirse el fallo dejaría de existir lo que llamamos tiempo (no existirían más segundos después de aquél en que el universo fallara), así que dejaríamos de existir sin notar nada. Y en el segundo caso, lo que para los programadores sería un comportamiento anómalo del universo para nosotros sería el comportamiento normal, y no nos extrañaríamos de él al no conocer otra alternativa.
Lo que sí que nunca va a suceder es lo que se ve en la película “Matrix”, donde el personaje se da cuenta de que “there is no spoon”, y eso le proporciona control absoluto sobre la “spoon”: si el mundo es una simulación, una cuchara no es más irreal que nuestro propio cuerpo, y tanto una cosa como la otra estarán sujetas a las leyes que los programadores les hayan querido dar. (nótese que Matrix no es exactamente una simulación sino más bien una realidad virtual, dado que los cuerpos de los humanos existen fuera del mundo de Matrix, cosa que no sucede en esta hipótesis de la simulación).
Realmente, la única manera en que podríamos darnos cuenta de que estamos en una simulación sería que los programadores decidiesen, voluntariamente, enviarnos un mensaje explícito, cosa que no hay motivos para pensar que tenga por qué pasar.
Y, por otra parte… si no estamos en una simulación, ¿cómo podríamos estar seguros de ello? Creo que la única manera sería descubrir algún fenómeno en el universo que no se pudiese explicar mediante leyes físicas, o más concretamente, mediante leyes computables (simulables en un ordenador). Si tales fenómenos no existen, nunca podremos saber si estamos o no en una simulación. Mi creencia personal es que esos fenómenos sí existen, y en particular un ejemplo (o tal vez el único ejemplo) sería la consciencia. Pero, como diría Michael Ende, eso es otra historia… y debe ser contada en otra ocasión.
Gracias a Gallega en Madrid por la interesante conversación que me inspiró este post