Hay días en los que a uno le da por hacer cosas absurdas.
A simple vista, no parece necesario que se cumpla ninguna condición previa para ello. Hay cosas que ayudan, eso es indudable: estar bebido, por ejemplo. O estar enamorado. Pero a veces, uno hace cosas absurdas simplemente porque sí. “Porque sí” no es una explicación, claro, seguro que la ciencia materialista-mecanicista podría dar una de verdad. No es difícil dar explicaciones mecanicistas de las cosas. Veamos…
Por ejemplo… Una conexión neuronal de ésas que tenemos, y la neurona toda contenta recalculando sus pesos y demás. A ella, todas las disquisiciones metafísicas sobre la razón pura, la hermenéutica y el problema de los universales se la traen bastante floja. Es un bicho de infantería: recibe unos impulsos, los procesa y los transmite, y espera a los siguientes. Ar. No sabe cómo funciona el sistema; pero el propio sistema tampoco lo sabe, y ella tiene muy claro para qué está ahí, cosa que el sistema no tiene tan claro. No tiene, pues, muchos motivos para avergonzarse, por lo que hace bien su trabajo.
Pero resulta que -hay que joderse- esos engendros de los que dependen todos nuestros procesos mentales, esas maravillas del diseño natural, esos inextricables procesadores en la frontera del conocimiento humano, esas máquinas milagrosas… resulta, digo, que funcionan en punto flotante. Sic.
Y en esto que a la neurona anterior le llegó por una entrada un valor muy débil. No podemos saber si el valor correspondía a un ligero sentimiento de miedo ante una explosión, si era parte del cálculo mental de la factura del supermercado, o si representaba una pequeña parte de la imagen mental que en aquel momento nos estábamos haciendo de… bueno, de lo que fuera. A la neurona no le importó mucho, ella seguía órdenes. Me mandan esto, dijo. Vamos a ver. La otra entrada… Ah, bien, inhibición. Restar. Hmm… Otro valor pequeño. Pues nada, nada. Restamos. El siguiente.
Y así, como quien no quiere la cosa, la neurona manda despreocupadamente un valor muy, muy pequeño, pequeño hasta tal punto que, por aquello de ser un flotante, se transforma en un cero. Y, cuando metes un cero en una red de monstruos interconectados que juegan con los números de maneras que nadie comprende, ya se sabe lo que pasa…
Alguien divide.
Floating Point Exception: Division by zero.
Y entonces es cuando salta el manejador de excepciones, y como nuestro cerebro funciona así de bien y es así de tolerante a fallos, dice, huy, como los ceros son malos, ponemos esto a un valor aleatorio y andando. No ha pasado nada. Y entonces es cuando a uno se le ocurre la idea absurda, y, como en aquel momento estaba viendo una bitácora, dice…
VOY A PONER UNA BITÁCORA.
En fin, podría haber sido peor. Nunca se sabe lo que puede salir de una idea absurda. Supongo que con parecida probabilidad podría haberme hecho masón, o decidido dedicar mi vida a construir un rascacielos con excrementos porcinos solidificados con algún producto ad hoc. Poner una bitácora no es tan malo, al fin y al cabo. No incrementa el rechazo que despiertas en la sociedad, porque te esfuerzas para que la sociedad no lo vea. No molestas a nadie, como sucede, por ejemplo, si la idea absurda consiste en cargarse a tres con un fusil. Y no requiere que nadie te invite, como hacerse masón, ni tampoco requiere licencias urbanísticas, ni puede causar malos olores si no funciona bien del todo.
Y, con un poco de suerte, escribes alguna vez y después, ante la indiferencia general, te olvidas.
Ah, y es gratis.
En fin, como dicen que dijo Doris Lessing, escribir te hace más humano. Supongo que ser humano consiste en funcionar de tal forma que un día te da por hacer una bitácora, y ni siquiera sabes por qué. Y no puedes protestar al programador, porque después de siglos de discusiones aún no hemos logrado ponernos de acuerdo en si existe.
Punto flotante. En fin…
Hasta la próxima.
Nota: este post fue escrito el 25 de Marzo de 2003 en “irreality” (que era el nombre de este blog antes de llamarse Reductio ad Absurdum), y restaurado íntegramente para Reductio ad Absurdum 2.1 a fecha de 20 de Mayo de 2007.

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Friday, 13 de August de 2010 @ 19:14
A los veinte años yo también llevaba una bitácora que había comenzado a escribir a los doce años, aproximadamente, con el inicio de la pubertad. Abandoné mi bitácora hace diecisite meses exactamente, y siento que me he quitado un peso de encima. Requiere mucho esfuerzo, tiempo y demasiada introspección. Además de buenas dosis de originalidad e inspiración. Yo paso. Las musas me han abandonado.
…. Pero seguiría de buena gana la suya. Me nutro de bitácoras ajenas.
Buen día.
Monday, 6 de September de 2010 @ 4:32