Con éste ya son cien los textos publicados en esta bitácora, lo cual no tiene importancia alguna: ya se sabe que los números redondos son una cuestión de dedos, y que si tuviésemos doce en cada mano el número cien nos parecería escaso, demasiado exiguo para llegar a ser alguien; y veneraríamos en su lugar al ciento cuarenta y cuatro. También nos beberíamos unos cuantos mililitros más en cada tercio de cerveza, que por culpa del diseño de nuestras manos se pierden en el redondeo. Pero estoy divagando, porque no es de la influencia de los dedos en el consumo de cerveza de lo que quería hablar, sino – lo siento – de política.

Digo que lo siento porque parece que, en la sociedad de hoy, hablar de política es una actividad considerada por muchos como desagradable, de mal gusto; y la gente mira a quien habla de política como miraría al ganadero que describiese la coloración de las heces de sus reses en medio de una comida de gala. Esto no resulta extraño, dado que de hecho la equiparación entre política y heces es un leit-motif de muchas manifestaciones y discursos de bar. Pocas veces se traslada la atención de los síntomas a las causas, y se reflexiona sobre cómo la misma pasividad de esa gente decepcionada por la clase política contribuye a que ésta no encuentre impedimentos para seguir decepcionando.

Por eso, en una situación política anquilosada y prácticamente reducida a la pugna entre dos partidos momificados y las eternas rémoras nacionalistas buscando su carroña, siempre resulta agradable que surjan nuevas voces críticas defendiendo ideas alejadas de los estereotipos dominantes. Es el caso de UPD, que cubre la necesidad -muy clara, a mi parecer- de un partido progresista jacobino. Porque resultaba muy triste que para dar un voto a políticas sociales de centro-izquierda hubiese que transigir a la vez con el nacionalismo, que es la ideología reaccionaria por excelencia; y que para votar contra el nacionalismo hubiese que apoyar a una derecha cerril, intransigente, clericalista y rastrera. No sé cómo seguirá y cómo acabará este partido, pero en mi opinión por el momento ha empezado bien: por un lado, poniendo sobre la mesa el tema tabú de que el nacionalismo es contrario al progreso y por tanto a cualquier ideología que se diga progresista; y por otro lado, atacando la deficiente ley electoral -ya muy criticada por IU, su gran víctima hasta ahora- que perpetúa el bipartidismo e infla los votos nacionalistas. Incluso si esta nueva formación acaba siendo un fiasco -quién sabe, a estas alturas- habrá hecho un favor a la democracia con su mera irrupción, aportando temas de debate y tal vez removiendo alguna que otra conciencia.

Por otra parte, otra señal que veo positiva en la política española es el creciente miedo de los monárquicos ante cualquier oposición a la Corona. Como dijo Gandhi, en una frase ya manida pero siempre certera, “primero te ignoran, luego se ríen de ti, después te atacan y, finalmente, ganas”. A juzgar por artículos evidentemente propagandísticos aparecidos últimamente en los medios, como éste, propuestas como ésta y declaraciones como éstas, parece que la idea de acabar con la designación hereditaria de los jefes de Estado -y toda la vergonzosa panoplia asociada- ya ha pasado a la tercera etapa, siendo atacada por doquier. Dado lo patético de los argumentos usados en estos ataques (normal: ¿qué buen argumento va a haber para defender una incoherencia como la presencia de cargos hereditarios en una democracia?), parece que la cuarta etapa parece, si no inminente, al menos más posible que nunca.

Hablando de política española, me ha salido un post optimista. Qué raro, ¿verdad?

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